Afortunadamente siguen existiendo las antenas para decorar las azoteas por las que nadie pasa.
Espacios desiertos en los que de vez en cuando hondean sábanas y ropa interior de diario. En los días de viento, en los que las bufandas parecen amarrarte a lo pasado éstas antenas se empeñan en permanecer de pie. Lo curioso del asusto es que sólo un huracán las batiría y las arrancaría de cuajo. Pero no, siguen ahí, de pie. Me imagino que alguna habrá sido abandonada por alguien y que sólo sirve de posa pajarracos escatolófilos. Sería un espectáculo verlas rallar las nubes de vez en cuando, pero ya sé que no es más que un sueño. Sí, es mejor dejarlas pegadas a la tierra.
domingo, 11 de noviembre de 2007
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